Un laboratorio de sonido en un cuarto pequeño que contagió barrio
En una habitación mínima, un creador mapeó ecos de su edificio con objetos cotidianos. Vecinos curiosos golpearon la puerta, ofrecieron recuerdos sonoros y terminaron montando una escucha barrial. El resultado fue modesto y profundamente tierno: una red nueva, atenta y dispuesta a seguir jugando. La microbeca financió tiempo, no grandeza, y eso bastó para reunir afectos.