Un colectivo en Montevideo lanzó un fanzine ilustrado con una meta modesta y video de un minuto. Ciento ochenta personas aportaron entre dos y quince dólares. Al documentar el envío internacional y publicar reseñas de lectoras, la segunda tirada se financió en días, sumando librerías aliadas y traductoras voluntarias entusiastas.
En Bogotá, un grupo de artistas invitó a financiar pintura, andamios y meriendas mediante aportes mínimos. Cada vecina eligió un color simbólico y su nombre quedó escondido en la pared. El proceso compartido fortaleció el barrio, atrajo prensa local y generó talleres autogestionados para niñas curiosas durante todo el año.